29.5.12

La Ciudad ya no tiene perros

Mi Padre siempre miraba a todos con desconfianza, exigía en mis acompañantes ese aire de respeto que el siempre necesitó. Su pasado militar siempre lo perseguía, lo atemorizaba, lo mataba. Se sentaba todas las noches en la mesa con una taza de té, miraba todo lo que pasaba a su alredor sin decir una palabra, juntaba sus manos a la altura de su boca y descansaba su frondoso bigote color negro cochino, se llevaba lentamente la taza a la boca sin mover más músculos que los necesarios tapándose la vista con el denso humo que salía de la vieja taza de metal recuerdo del ejercito. A veces frotaba sus manos y las guardaba para siempre en sus axilas, coqueteaba con la luz amarilla del bombillo podrido de su sala ochentera, cerraba los ojos y se perdía en su universo.

"Que le pasa a tu viejo, parece paralitico, no sé si nos escucha y se hace el huevón o es sordo y aparenta entender lo que digo." Me decía Lorenzo, mientras enjuagaba sus flácidas manos en mis naipes viejos recuerdo de mis viajes. Mi padre nos veía fijamente sin decir una palabra pero nos amenazaba con su mirada asesina que nos decía  la sacada de mierda que nos iba a dar sino nos largábamos de su inquebrantable quietud.

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